LÉUKADE para LÉUKADE

 

Las playas de arena finísima, casi de tiza, parecen haber dado nombre a la isla, Léucade, que muy bien podríamos traducir como LA BLANCA; allí la luz encuentra un trono de serenidad, al pie de los acantilados del sur, donde las olas acuden lentas para bruñir una geografía tan abrupta como hermosa, como sucede en Porto Katsiki.

Los restos arqueológicos, poco espectaculares, se reparten por la isla a lo largo de la carretera arterial que de Norte a sur conecta Lefkás, Nidrí y Vassilikí. En Vassilikí y Poros, la islarecibe a los barcos que navegan el Jónico, y allí despide a sus héroes. Esta es, según los viejos arqueólogos la verdadera patria de Odiseo; y este es el lugar donde, según los poetas, se escucharon las últimas palabras de Safo, perdiéndose en el éter según caía hacia el mar, balbuciendo: “no existe el amor, no existe el amor…”; ella, que era el amor.


Desde el cielo la isla es blanca, verde y azul, una paleta hecha con fragmentos de playa, de bosques y de islotes cubiertos por la tela del mar sin acabar de romperlo; un pantón prodigioso. Así, es también la pintura de Eduardo Naranjo: fragmentos de luz y belleza encerrados en el ojo de un Cíclope en una fracción de segundo.

Seguramente Naranjo –a quien ama el mar— hubiera sido un buen vigía en la nave de Odiseo, un oteador de hadas, una víctima voluntaria de los venenos que cocinan las reinas de la belleza en alguna recóndita cueva, un náufrago varado que sueña a Nausícaa poniéndole la mano en el hombro.

Léucade —a la que los primeros colonos corintios convirtieron en isla rompiendo con una pala la lengua de tierra que la unía a Acarnania— es una trampa circular donde se nace (como Odiseo) o se muere (como Safo). Sólo el mito, ya en literatura ya en arte, es capaz de contener, como Léucade, principio y fin: la vida llevada al lienzo, a la tabla, que nos enseña lo
que ya no existe y es irrepetible: la mirada del pintor sobre su modelo, sobre la isla que el pintor ha creado –como un dios— en su mente.

No quiero yo, ni nadie quiera, muertas naturalezas ni muerte alguna por sublime que sea en este nuevo espacio que se abre al arte en Murcia. Tijé1, Sofía Martínez Hernández. ¡Suerte! Ojalá que esta galería no sólo sea un refugio para náufragos del arte sino también un palacio, un oikos2 presidido por la belleza; y si quiere ser isla, que sea una isla, como la jonia, iluminada y protegida por el azul, ese azul que ribetea los mantos de las vírgenes bizantinas para protegerlas de las envidias de los demonios, y que alegra y mejora todas nuestras vidas.

Sabino Perea Yébenes
Profesor titular de Historia Antigua de la Universidad de Murcia.


1 Tijé = ¡Fortuna!
2 Una casa, un hogar.